Domingo 2 julio 2000 - Nº 1521 |
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Cuando la ley se impone a la generosidad Francisca viajó a Tánger a interesarse por Hassan. La última vez que se vieron, ella fue multada con 250.000 pesetas por ayudarle a sobrevivir sin papeles en Tarifa PABLO ORDAZ, Tánger
La pregunta queda en el aire de Tarifa, que hoy, miércoles por la
tarde, es de poniente. Antes de escuchar la respuesta, será bueno saber
quién es Hassan y quién Francisca, cuál es la historia que los une y cuál
el mar que los separa. Hace ahora tres veranos, un marroquí llamado Hassan Ouardi llegó a
Tánger después de un día de viaje por las destartaladas carreteras de
Marruecos. Venía de Fkih Ben Salah, su aldea, enclavada en pleno Atlas,
muy cerca de donde habita el pueblo bereber, la raza más antigua y
numerosa de las que pueblan el África septentrional. Allí había dejado
Hassan a sus ancianos padres y a sus seis hermanos, todos más jóvenes que
él. Al partir, el mayor de los Ouardi, de 26 años, dio cuatro besos a cada
uno y prometió escribir. Ya en Tánger, Hassan vagabundeó por las cercanías
del puerto acariciando la idea de cruzar el Estrecho para ir a reunirse
con unos primos suyos que viven en Italia. Escuchó las ofertas de las
mafias de la emigración -más de 200.000 pesetas por jugarse la vida en una
de las pateras azules que zarpan cada noche hacia Tarifa-, pero las
descartó inmediatamente. Tenía un motivo muy poderoso: sus bolsillos sólo
escondían 384 dirhams, toda su fortuna, unas 5.000 pesetas. Así que
esperó. Lo hizo hasta que consiguió colarse entre los ejes y las ruedas de
un camión que guardaba cola para entrar en el transbordador que cubre la
línea Tánger-Algeciras. Allí se quedó hasta que, ya de noche, el vehículo
arribó a la explanada del puerto español. Antes de que los agentes de la
Guardia Civil azuzaran a sus perros para que olisquearan algo clandestino
-hachís, inmigrantes-, Hassan Ouardi consiguió escabullirse sin ser
advertido. Se puso a caminar sin rumbo fijo hacia donde le dictó su
intuición. Anduvo toda la noche. Francisca tiene cuatro hijos: dos chavales de su anterior matrimonio y
dos niñas de su actual compañero, un alemán de nombre Dirk y al que ella
llama Diego, porque es más fácil de pronunciar. Francisca Gil García tiene
37 años y trabaja en el Centro de Salvamento Marítimo de Tarifa. Desde la
atalaya que controla los barcos que entran y salen del Mediterráneo,
Francisca ha visto los apuros de muchos inmigrantes en su intento
desesperado por alcanzar la orilla española, el fracaso definitivo de
tantos que dejaron su vida en el empeño, la desilusión de todos aquellos
-4.295 en los últimos seis meses- que fueron atrapados por la policía
cuando ya habían hecho lo más difícil: reunir un dineral para pagar a los
traficantes de hombres y cruzar el Estrecho sin naufragar. Francisca
también ha visto -¿y quién no en Tarifa?- los cadáveres rígidos en las
playas, los zapatos nuevos -recién comprados para la aventura- de los que
no consiguieron escapar al oleaje. "Así que, cuando lo vi andando por la carretera , decidí pararme y
preguntarle si necesitaba algo". Dice ella que pensó para sí: "Es hora de
que me complique la vida". Lo que entonces no sabía y ya sí era la
magnitud de la complicación. Francisca Gil y Dirk Hell se bajaron de su Citröen BX y le preguntaron
a Hassan Ouardi si necesitaba algo. Él les dijo que sí con sus grandes
ojos negros. Lo hizo en el lenguaje de las señas, porque sólo habla árabe,
nada de español y muy poco de francés. Le dieron cobijo en su casa de
campo, muy cerca de Facinas, un pueblo blanco recostado en las faldas de
una montaña. Le quitaron de encima el susto y el hambre, también le
prestaron una manta para que se protegiera durante la noche de la humedad
del Estrecho. Un mes después, Hassan ya estaba listo para partir hacia
Italia. Francisca había removido cielo y tierra para que el marroquí se
pusiera en contacto con sus familiares y pudiera remontar el vuelo. Así
que la madrugada del 16 de septiembre de 1997 Dirk se acercó en su
motocicleta a la casa de campo, recogió a Hassan -con el casco puesto
nadie sospecharía de que se trataba de un inmigrante- y se dispuso a
entregárselo a unos familiares recién llegados de Marruecos y que lo
acompañarían hasta Italia. La noche se torció cuando Francisca decidió ir
a despedirlo. Inexperta al volante, se puso muy nerviosa al percatarse de
la presencia de una pareja de la Guardia Civil junto a la gasolinera de
Tarifa. Hizo una maniobra extraña y los agentes pensaron que algo raro
estaba pasando: un asunto de drogas quizá. Así que se echaron sobre los
sospechosos y los inmovilizaron con grilletes: a ella, a Dirk y también al
marroquí sin papeles. Pasaron toda la noche en el cuartelillo de Tarifa:
"Hassan me miraba con una cara de pena...". A la mañana siguiente, el juez comprobó que no había nada de drogas por
medio y que tampoco Francisca y Dirk daban el perfil de los traficantes de
hombres. Así que puso a la pareja en libertad, mandó a Hassan de vuelta
hacia su país y sobreseyó el caso. La sorpresa llegó sólo unos días
después y con membrete de la Subdelegación del Gobierno en Cádiz. Se
imponía una multa de 250.000 pesetas a Francisca Gil por auxiliar a "un
súbdito marroquí indocumentado y en situación de ilegalidad en España". De
nada sirvieron dos años de recursos. Hace sólo una semana, el Tribunal
Superior de Justicia de Andalucía confirmó la sanción. Según la sentencia,
la conducta de Francisca "no fue casual y fortuita, sino incardinada a
prestar colaboración al extranjero". Sí, textualmente, "colaboración con
un extranjero". El escritor Justo Navarro quiere hacer hincapié en la
expresión: "Es un lenguaje de guerra contra la colaboracionista. Francisca
Gil quería ayudar a extranjeros que pretenden robar el mar, como diría un
chino cantonés [robar el mar le llaman en cantonés al acto de emigrar para
buscar dinero lejos]". Hace ya tres años que Hassan quiso robar el mar y no pudo. El mismo
tiempo que Francisca se lleva culpando de haber atraído la atención de los
guardias civiles. Sentada en su casa de Tarifa, jurando que volvería a
hacerlo si se presentara la ocasión, la mujer escucha con sorpresa la
propuesta. -Y entonces, Francisca, ¿nos vamos mañana a buscar a Hassan? Dice que sí. Ya el jueves, en el barco de pasajeros, cuenta que Hassan
no volvió a su aldea del Atlas, que se quedó en Tánger. Lo sabe por las
cartas que el marroquí le manda de vez en cuando, escritas con caligrafía
infantil, en un francés mal aprendido en la escuela. El transbordador
rápido apenas emplea media hora en llegar a las costas de África. Media
hora y algo más de 3.000 pesetas en salvar la barrera de agua que separa
un continente de otro. ¡Qué diferencia de precio con las tarifas de los
traficantes de hombres, de 200.000 a 400.000 pesetas por adelantado a
cambio de un peligroso viaje en patera sin derecho siquiera a un chaleco
salvavidas, a una mala bengala que grite auxilio en caso de naufragio! Es
el precio de no tener papeles. Al atardecer del jueves, desde el fondo de un garaje de las afueras de
Tánger, en un barrio lleno de niños que juegan al fútbol y calles sin
asfaltar, aparece la sonrisa de Hassan, su sorpresa al reconocer, tanto
tiempo después, el rostro de Francisca. Agradece la visita. Cuenta que el
tiempo en Tánger sigue detenido, que ahora trabaja de eventual -hoy sí,
mañana quizá- en las obras de un hotel. Se pone su mejor camisa y pasea
por la playa junto a la mujer que alimentó su esperanza. Acierta a
preguntarle por sus hijos, también por Dirk. Si el Estrecho fuese de
verdad una calle de agua entre Tánger y Tarifa -dos ciudades blancas
azotadas por el mismo viento-, éste sería un diálogo entre vecinos: hoy ha
venido Francisca y mañana Hassan devolvería la visita. Pero no. Aquí la
ley se interpone a la generosidad. Francisca sabe que no está sola. De un tiempo a esta parte, muchos
vecinos de Tarifa, de Algeciras, de La Línea, de Zahara de los Atunes, se
están colocando discretamente del lado de sus vecinos de enfrente. Ahí
está Algeciras Acoge, Cáritas o el cura Andrés. Y gente que no ha pisado
nunca el atrio de una iglesia. Hay quien se ha dedicado como el artista
José Luis Tirado a filmar los zapatos abandonados en la playa por los
inmigrantes en su huida, o quien ha ido recogiendo la ropa vieja de los
inmigrantes para hacer un tapiz, arte del sufrimiento. También hay gente
que desde un despacho oficial ha proclamado alto y claro, como José
Chamizo, defensor del pueblo andaluz, que "no se puede perseguir la
solidaridad. La gente intenta ayudar a las personas que van buscando una
vida más digna. Esto no se puede confundir nunca con redes organizadas que
engañan a los inmigrantes". El miércoles por la mañana, un cartero depositó en el buzón de
Francisca Gil una carta dirigida a "la mujer que ayuda al inmigrante". No
hicieron falta más señas para que la carta llegara. Dentro estaba la
contribución desinteresada y modesta de un jubilado para pagar la multa.
¿Le multarán también a él? ¿Tomará el subdelegado del Gobierno medidas
contra el cartero que colaboró con la solidaridad? Incluso hay quien se
siente preocupado por la presión policial, personas que le ha dicho al
cura Andrés, el párroco de la barriada de Pescadores: "¡Ten cuidado, que
te vigilan!". Algún agente celoso se apostó frente a su casa y fotografió
su coche por si transportaba inmigrantes. Pero él prefiere acogerse a la
versión gaditana de las bienaventuranzas: "Tuve hambre y me diste de
comer, estuve en el talego y viniste a visitarme". Nueve de la noche. El barco está a punto de regresar a Tarifa. Hassan promete a Francisca: "Quiero volver y voy a volver, pero lo haré con papeles, cuando no tenga que jugarme la vida; no como ilegal". Ella le corrige: "Ninguna ley puede convertir a ningún hombre en ilegal". La Guardia Civil localizó ayer a 98 inmigrantes en aguas del Campo de Gibraltar, a otros 28 en Almería y a 14 en Fuerteventura. El viernes fueron interceptados 51 magrebíes en las costas de Tarifa y 125 el día anterior en la misma zona. El número de inmigrantes detenidos en la provincia de Cádiz en lo que va de año es de 4.295, cinco veces más que en el mismo periodo de 1999. Éstos datos, que dan idea del auge de la inmigración ilegal, espoleada por la codicia de los traficantes de hombres, no son, pese a todo, los más dramáticos. Y sí la certeza que resume en una frase un policía acostumbrado a luchar contra las mafias: "Por cada inmigrante que interceptamos hay otro que consigue entrar, y quizá otro más que se esté ahogando". ¿Cuántos? Una cifra tan difícil de fijar como el número de redes que fomentan, por un interés exclusivamente económico, el deslumbramiento de los jóvenes marroquíes y subsaharianos con respecto a Europa. El Gobierno asegura que, desde que entró en vigor la nueva ley de Extranjería, la policía ha desarticulado 96 redes dedicadas al tráfico de personas y detenido a 352 de sus integrantes. Las ONG piden que el Gobierno emplee la misma contundencia en la lucha contra los negreros que la que acaba de demostrar sancionando a Francisca Gil. | |||||||||
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